Malak Zungi, la libanesa que ayuda a personas refugiadas a integrarse en España gracias a la cocina

Malak Zungi, libanesa de 32 años, es cofundadora de Chefugee, una organización que permite a refugiados y solicitantes de asilo aprender a cocinar y desarrollarse profesionalmente como chefs en España

Quedamos con Malak Zungi en una conocida cafetería de Madrid que a ella le encanta. La joven tiene poca prisa por hablar de sí misma y mucha por hablar sobre Chefugee, proyecto que permite a refugiados y solicitantes de asilo aprender a cocinar o mejorar sus habilidades culinarias y desarrollarse profesionalmente como chefs en España. Ella se considera parte de la iniciativa y no su representante: quienes lo fundaron “no son más que una ayuda para que los refugiados cocineros tomen las riendas de sus vidas”, afirma. Con su acento libanés, en el que el árabe aparece salpicado de expresiones en inglés, esta libanesa de 32 años repleta de energía nos acerca a su historia… aunque insiste en no hablar demasiado de su vida. 

Malak Zungi, libanesa de 32 años, es cofundadora de Chefugee. Activista por los Derechos Humanos y feminista, amante de la naturaleza y la música, lleva 5 años en Madrid, donde trabaja para la Organización Mundial del Turismo, tras crecer en Beirut y vivir varios años en Italia. Afirma sentirse muy contenta de encontrarse en España, una sociedad “cálida y acogedora”, donde sólo la apena la distancia de su familia.

Originaria de Taybe, en el sur de Líbano, no pudo visitar el lugar de origen de su familia hasta el año 2000 por la ocupación isaelí. El padre de Malak solía llevarla a ella y a su familia hacia el sur de viaje y cuando ya no se podía avanzar más, se detenía, señalaba con su dedo y decía: “En aquella pequeña colina se encuentra nuestro pueblo”. Malak tenía 12 años cuando las tropas israelíes se retiraron de Líbano. Inmediatamente, y pese a que los disparos y los bombardeos en los pueblos vecinos seguían resonando, viajó junto a su familia para recuperar su antigua casa. “Cuando pisé por primera vez mi pueblo, Taybe, sentí que estaba pisando la Luna, algo que nunca había visto antes y que me fascinaba”, recuerda. 

Desde muy joven, se inició en el mundo del voluntariado al entrar con 12 años en los Scout, movimiento juvenil educativo que instruye a los jóvenes para actuar por la comunidad. Lo más importante que aprendió, aparte del amor a la naturaleza, afirma, fue la necesidad de ser alguien útil para la sociedad

En esa línea, tras estudiar Publicidad y Comunicación, en 2013 se marchó a Italia para estudiar un máster en Turismo y se enfocó en turismo para la construcción de la paz. Dos años después, comenzaría a trabajar en proyectos con Naciones Unidas, donde continúa empleada hasta hoy. Pero el voluntariado con distintas ONGs y colectivos ha sido una constante en su vida. Ella destaca la iniciativa «¿Cuál es tu historia?», un proyecto que apoya a trabajadoras del hogar y mujeres de zonas rurales marginadas para que se empoderen denunciando su situación a través de las redes sociales. Con Chefugee siguió la misma senda.

Malak Zungi en la calle de la Independencia en el centro de Madrid
© Muhammed Shubat

Abriendo el apetito y las fronteras

La idea de Chefugee comenzó con una conversación entre Malak y tres amigos suyos de distintos países, Natalia, Eyad y Felicia, recuerda la joven. Al preguntarse qué puede unir a diferentes personas de todo el mundo, convinieron que la gastronomía era un buen punto de partida. Por ello, la misión de Chefugee consiste en brindar oportunidades a cocineros con talento que sean refugiados o solicitantes de asilo  con el objetivo de que puedan compartir sus culturas y apoyarles en ganarse la vida dignamente a través de sus habilidades culinarias. El intercambio culinario resultó ser una buena forma de facilitar la labor de integración social y laboral de estas personas España.

El proyecto comenzó a dar sus primeros pasos con eventos en casas particulares con la preparación de platos típicos de mano de refugiados sirios. La comida era ofrecida a varias personas invitadas a cambio de un precio económico, suficiente para cubrir el precio de los ingredientes y remunerar a los cocineros. En los encuentros, quienes cocinan hablaban de sus historias de vida y  de las de los platos servidos: cada receta esconde una historia.

La idea tuvo una gran acogida y propietarios de distintos restaurantes ofrecieran sus establecimientos para realizar estas actividades sin coste adicional, lo que permitió que los cocineros mostraran sus habilidades en los locales más importantes de Madrid. Posteriormente, el equipo pudo alquilar un local con una cocina y un hall donde recibir a los invitados y así poder seguir con este proyecto intercultural. Más tarde, En el futuro, la idea es que los chefs refugiados empiecen a  organizar por sí mismos los eventos

Esperanzas y aspiraciones

La propagación del coronavirus ha tenido un impacto muy negativo en todas las actividades y negocios del mundo, especialmente las relacionado con el contacto directo y en consecuencia, la hostelería. El coronavirus ha limitado enormemente las actividades grupales, pero la firme creencia en este proyecto nos ha hecho resistir y mantenerla. Nos ha ayudado todo el contenido que hemos ido colgando en internet sobre cómo cocinar algunas recetas, explica Malak.

Chefugee, hoy convertido en organización, ya ha celebrado medio centenar de eventos con más de 30 cocineros refugiados de países como Siria, Palestina, Sudán, Marruecos, Camerún, Venezuela, Ucrania o Colombia. Y no solo en Madrid:  También hicimos algunas actividades en Barcelona, vamos a hacer en País Vasco y nos siguen contactando desde muchas organizaciones de otros lugares

Malak Zungi durante la entrevista en un cafetería cerca de Ópera en Madrid.
© Muhammed Shubat

Ahora, junto con sus socios, Malak está trabajando en la edición de un libro interactivo sobre el arte de cocinar. Lo más hermoso del trabajo de Chefugee es que siempre estás aprendiendo cosas nuevas. Se han convertido en mi segunda familia. El ambiente que se crea durante las actividades es de calidez y cercanía entre nosotros, los chefs, y entre todos los participantes del proyecto, asegura.

Como plan de futuro, aspiramos a abrir una escuela de cocina especialmente para ellos. Toda persona refugiada que tenga este talento debería poder desarrollarlo en la teórica y en la práctica. Queremos empoderarles, apoyarles en su proceso de integración social y abrirles nuevas oportunidades laborales.

Malak se niega a considerar que su proyecto ha concluido mientras haya personas refugiadas o solicitantes de protección internacional en situaciones difíciles y asegura que seguirá trabajando el tiempo que haga falta. Si tengo la posibilidad de aportar algo al mundo, ¿cómo no hacerlo?

Traducción y adaptación de Ibrahim Rifi/ A.O.

En español

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